lunes, 30 de junio de 2008

UN CUENTO

Capítulo IV
En lo profundo del submundo de Palangania, estaban reunidos tres individuos de repelente catadura. Uno era McMarracho y dominaba a los otros dos.
Pero para sorpresa de cualquier observador ajeno, era tres copias idénticas.
En efecto, McMarracho tenía dos hermanos, llamados Malacaral y Pajarrox.
Eran trillizos.
Ente los tres, gobernaban los bajos mundos y a la vez, por medio de la extorsión, controlaban una de las capillas de Sevful en secreto.
Gustaban de gastar bromas a sus seguidores y amigos vistiéndose exactamente iguales. Así, nadie sabía nunca de cuál de ellos se trataba.
Ni siquiera los más íntimos hubieran podido distinguirlos.
Habían inventado un sistema de libelos, impresos papel de pantalla, en los que arremetían y se mofaban de la princesa Xcutiva.
Ella, despotricando, los mostraba a todo el mundo reclamando justicia y dignidad. Sin embargo, conseguía justo lo contrario porque si a alguien no le habían llegado, la princesa, en su afán de mostrarse como víctima de los perversos trillizos, ampliaba el alcance de los libelos.
La mayoría, a sus espaldas, también se mofaban de ella.
Algún amigo benevolente, viendo la ineptitud de sus acciones, le aconsejaba que no difundiera más la mofa.
Cuando esto sucedía, ordenaba reunir todos los libelos que se pudiera y levantaba una pira en el patio de Glog, donde los quemaba.
Acto seguido y luego de trasegar varias copas grandes de Champcroix, subía a la almena más alta de su castillo y gritaba:
-¡Hijo de Puta!
Lo decía en singular porque, aunque sospechara que McMarracho no era una sola persona, nunca pudo demostrarlo.
Y aunque eran una expresión machista donde las haya, en aquellos tiempos aún no había ministras en la Corte.
Y lo decía en el lenguaje más bajo y vulgar posible pensando, no sin acierto, que si hubiera dicho "descendiente de una Compañera Trabajadora del Sexo", quizás no hubiese sido entendido por el limitado intelecto de McMarracho.
La princesa tenía un nivel.
Xcutiva también tenía otras inquietudes, además de sus luchas contra el perverso.
Así, hizo un curso por correspondencia de Copypeg.
Cada semana, un heraldo a caballo le traía nuevos cuadernillos y recogía los cumplimentados.
No era mala alumna.
Más tarde, viendo que no podía atrapar a McMarracho, se apunto a la Academia de Meigas y Sibilas y pagó un master (los masters, entonces, se llamaban Tres Años de Estudios y Preparación Para Elaborar Cualquier Conjuro Con el Que Joder a Quien Te Moleste).
Era un tema interesante para ella.
Sin embargo, en su afán de eliminar a los malhechores, se precipitó y saltándose varias lecciones, estuvo a punto de quemarse la punta de los dedos; de ponerle orejas de burro a sus criados; de destrozar una capilla de Sevful y de enviar un conjuro sin madurar a varios sicarios de McMarracho, sin saber que existen contraconjuros (muy eficaces según el caso).
Si hubiera leído el programa del curso, hubiese sabido que hasta pasados los dos años de prácticas, tras los tres de estudios reglados, no era posible hacerle daño ni a una mosca.
El día que quiso hacer el conjuro que le puso las puntas de los dedos negras, se consoló preguntando a Superhego:
-¿Quién será la mejor Meiga de toda Palangania?
Y Superhego, solícito, repuso:
-Tu, mi señora, serás la mejor Sibila de toda Palangania. Cuando acabes los estudios.
Y ella salió de su alcoba inflada de orgullo.
En la alcoba, Superhego no pudo reprimir un pensamiento en voz baja:
-"Quién cojones fué el listo que me envió a complacer a la estúpida esta, con lo bien que hubiera estado yo de espejito de mano de una doncella adolescente y enamorada de un caballerito con posibles"
Acto seguido se oyó un trueno y una bola de luz se coló por la ventana y se plantó delante de Superhego. Una voz profunda y distante, sentenció:
-Soy el Censor de Espejos Mágicos. Tienes prohibido pensar. Como catigo, te apulgaro una esquina.
Y se marchó por donde había venido.
Triste, Superhego notó como una parte de su gran cuerpo, en la esquina más oscura de la estancia, se llenaba de motas negruzcas y perdía propiedades de reflejo.
Continuará.
Copirrai Yo.
Todos los personajes y eventos que aparecen en el cuento, son ficticios y fruto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia.

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